sábado, 12 de marzo de 2011

THE HUMAN EQUATION III

THE HUMAN EQUATION (III)
La belleza


La cabeza embotada de disquisiciones irresolutas que signara mi día finalmente se rinde. Caigo pesadamente en mi cama, pero no me he librado aún de la tensión muscular, y las manos quieren hacer y las piernas quieren seguir, mas no son ellas ni mi mente quienes dicen 'basta', sino precisamente la incapacidad de mi mente para continuar reinando. ¿Has sufrido alguna vez el embate de la humildad? Es una rendición, y uno se resiste, desde luego; el ego no quiere perder el cetro.

Y esa rendición es lo mejor que puede pasar.

De pronto advierto que los músculos han empezado a aprovechar la horizontalidad del cuerpo y se relajan. Imponen a mis ojos comportarse de consuno y abandonar toda alerta, y entonces mis ojos empiezan a cerrarse. Es un segundo o poco más lo que tardan en hacerlo, pero en ese lapso, desde que los párpados empiezan a ceder, ocurre algo particular: no quedan enemigos, no queda tristeza alguna, ni lucha que ganar. No hay nada de nada, más que silencio y calma.

Una ruta apenas se siente bajo las ruedas, cuando el coche serpentea su curso al borde del viñedo. Miro por la ventana, todo el tiempo. Pequeñísimos tallos han sido dispuestos en forma equidistante, formando líneas rectas que cruzan un campo inmenso. Paso una línea, y otra y otra. Pudiera ello ocurrir in eternum, pudiera el campo nunca acabar, y las líneas de mínimos tallos continuar desfilando a mi lado. Eso es el tiempo presente: nada de tiempo y pura geometría en movimiento inasible –de rutas ondulantes, de tallos equidistantes, de una hexagonal mancha de campo orlada por montañas y con fondo de cielo-. Y el recuerdo al que me entrego cada vez, siempre es pura geometría de tiempo presente que recorro, dócilmente, para que el hexágono se transforme en mancha aterciopelada y para que los tallos acaricien el pasaje suavemente.

Dormí ocho horas y al despertar, lo primero que percibo es la existencia; la de nadie en particular, la de alguien sin nombre -no llego a llamarme siquiera 'yo' al disfrutar de ese renacer-. El descanso habido me hace un postrer regalo, la liviandad y el anonimato, todo el tiempo presente que se representa en un cuerpo descansado, en la luz nueva que aparece por la ventana y en el silencio, que sigue jurando paz.

Digamos que es sábado. Digamos que puedo por un rato seguir siendo nadie en particular y que nadie dirá mi nombre por unas horas. Pensemos que no encuentro razones para hacer otra cosa que lo que se me ocurre de inmediato y para lo inmediato: salir a caminar, por ejemplo.

Con la agilidad de un cuerpo renovado piso grácilmente al ganar las calles. El aire que está más allá de la puerta de mi casa promete más liviandad y mi mirada miope está más aguda luego del descanso. Noto que los colores que pinta el sol no son plenamente suyos; es posible no verlos y es posible verlos. No dependen del solamente del astro. Una baldosa está rota y tropiezo, lo cual me obliga a mirar hacia abajo y notar que el suelo, compuesto de unidades rayadas de color gris, tiene pequeñísimos agujeros que lo tornan bastante bonito. Una paciente le dijo una vez al Dr. Weiss que el día anterior había visto un árbol hermoso, con un tallo así, con unas hojas asá, con unas flores qué sé yo cómo. Weiss la felicitó por haber salido a pasear de una buena vez, pero la mujer le refutó el cumplido, porque que simplemente se había dignado a mirar el árbol que siempre había estado frente a su jardín.

Luego de varias cuadras, al tomar un camino que será recto por un buen trecho, dispongo el añejo aparato que vive en mi morral para escuchar algo de música. Y la música me devuelve el tiempo: aquellas cosas que ocurrieron y los propósitos del futuro. Un suave pinchazo en el pecho me dice que me puedo enganchar a cualquiera de los dos, al pasado y al futuro, y ese pinchazo de desazón me confiesa que eso es lo que siempre hago. Pero tal vez hoy no: Una bandada de loros parte en dos el cielo profiriendo un griterío que perfora la melodía de mi Sony Walkman a cuerda. La curva de su vuelo contiene la más sencilla de las alegrías, la más pura de las gracias y el más hermoso sinsentido de todas las cosas: me quedo mirando esa inocente futilidad del ser y a la vez esa profunda continuidad del ser, la mancomunada coherencia de todas las cosas y la participación indiscriminada de todo en todo.

Hoy pudiera decirse que no fue un día productivo; no hice nada de expresa utilidad, ni siquiera calibré el bolígrafo hacia la estampa de una rúbrica en papel alguno. Pero qué sé yo. Quizás eso se sabe mucho después. La sencillez de la belleza y la sencillez de la participación de uno en el todo, me recuerdan una escena que en su momento no pensé de utilidad alguna y sin embargo constituye mi más querido acervo: Muy lejos de casa, en una pequeña dársena pesquera de Sète, en la minúscula parte que está desprendida del resto de la pequeña ciudad, una tarde de sol que viví en tiempo presente a causa de un sentimiento muy profundo, unos pescadores desembarcaron y dispusieron en unas mesas de madera llenas de sal, montones de bivalvos, pescados y demás hallazgos. Cada una de las piezas, mojadas aún, brillaban bajo el sol, y el agua que se les desprendía formaba un hilo traslúcido y luminoso que unía cada una de las mesas con el suelo. Los pescadores escrutaban la mercancía y disociaban pares de nones. La panadera salió a su encuentro y empezó a hablarles en esa lengua que parece fácil pero no lo es. Miré las casas de la pequeña islilla y vi que todas ellas contaban con ventanas salidas hacia la vereda, expuestas lo máximo posible al mar. Al mirar el mar, noté que sus aguas resplandecían todo el tiempo, desde su azul hondísimo hasta los superficiales y danzantes reflejos del sol. Me detuve un segundo a mirar, y la expectación silenciosa me contó una confidencia: los botes siempre cantan por lo bajo esa canción sin bandera que dice que el hogar nunca está lejos, esa melodía incansable y alegre que podrás recordar, de agua y madera.

Un alma ignota no se reprocha nada, no tiene enemigos ni culpas, no debe nada que no pueda devolver mañana siendo un poco mejor de lo que fue. Un alma ignota solamente participa generosa y alegremente de la ecuación humana. A reintentar.

I.G. (20/AGO/2010) (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

THE HUMAN EQUATION II

THE HUMAN EQUATION (II):
La deuda individual

Toca ahora ponerse el ropaje para ver si cabe, como se testara el zapatito de la Cenicienta.

Y a mí me queda de maravillas: Estoy repleta de deudas del 'no hacerse cargo'.

No me da vergüenza. Yo solamente vengo a tirar la primera piedra que se aconseja no tirar, porque para mí es peor negar.

Uno cree que no paga, pero la primera víctima de ofrecerle las espaldas a la conciencia, es uno. Hoy, un llamado menos. Mañana, los problemas que jamás se resolvieron siguen golpeando la puerta y uno está demasiado débil y confundido, y para colmo demasiado solo para enfrentarlos. Sin embargo, creo que todo tiene arreglo, siempre.

Tres premisas muy comunes:
Buscar la felicidad.
No cargar culpas.
Atesorar buenos momentos.

A esta altura, me parecen tres falacias.

La felicidad, que es un particular estado de alegría que puede concebirse solamente por comparación -entre estados de infelicidad-, depende de circunstancias externas que no se pueden prever ni controlar. Y buscar la felicidad es buscar el control, algo impracticable. Lo previsible es una persona alegre, con la capacidad de despertar y discurrir cotidianamente sin permitir que cualquier pequeñez le impida persistir en el disfrute. Insisto: la felicidad como meta no existe. No sólo depende de factores incontrolables, sino que además, la alegría no puede ser una meta, es un modo de vivir que solamente puede ser posible desde la aceptación de aquellos momentos que no son felices, si nada está garantizado, si vivir no es más que un regalo y a veces de segunda. En este punto me declaro titular indiscutible de un rotundo fracaso... He buscado la felicidad con ojo agudo, como si ella fuera la piedra filosofal, y la busqué todo el tiempo con una seriedad tal, que se me pintó indeleble el ceño fruncido.

La culpa creo que no le corresponde a una persona que transita el mundo intentando no molestar demasiado. Que les pese a los criminales; al resto, no. Es que no queda otro remedio para el común denominador de los seres humanos que hacer lo mejor que puede en cada momento. No es poco, pero intentarlo de veras es suficiente y rinde frutos. Ahora bien, el problema está en las excusas, que eluden la enmienda como si fuera un pecado. Recurrimos a excusas a cada rato porque deseamos presentarnos infalibles frente a los demás y ante nosotros mismos. Y el único engañado es quien se miente. A los demás, nada les importa demasiado: la discordancia, el descreimiento y el disenso entre los seres humanos los separa a la corta o a la larga. A una persona a quien le pierdo confianza la eludo, y todo el mundo hace lo mismo. Para qué aparecer infalibles, si lo único que se logra es asirse cada vez más a un conflicto interno de negaciones, del cual después es difícil salir. Cuando nos tragamos un lustro sin haber avanzado ni un poquito en convertirnos en personas aunque sea un poco más alegres, tenemos tres opciones: o darnos cuenta de que nos equivocamos, o negarnos la amargura con el arrope del orgullo, o hacer zapping frente al tele para no reparar demasiado. Si elegimos bien y nos damos cuenta de que nos equivocamos, podemos intentar al día siguiente ser un poco más livianos, dejar de proferir reproches a nuestra persona ni a nadie. Si advertimos que lo que hicimos fue lo que supimos hacer y seguimos adelante reintentando otra vez sin tanta amonestación, veremos que nada es indeleble, que es posible hacer las cosas mejor mañana (aunque nos haya costado alguna cosa que no volverá a nuestro acervo, qué se le va a hacer).

En cuanto a atesorar buenos momentos, hay una escala grande de 'lo que se ha perdido' al sostener semejante premisa. La nostalgia es una clase de victimización y desatiende la importancia de la aceptación. Nunca me fue bien recordando desde ese lugar. Cuando me acuerdo de algo que me hace sonreír y me hace sentir bien, no hay la más mínima gota de la nostalgia. Si hay nostalgia, el recuerdo es desagradable, porque se centra en la carencia. Entonces, no atesoro. Me acuerdo y punto. Me acuerdo bien y me acuerdo mal. Y cuando me acuerdo mal, es porque todavía me cuesta tragarme una pérdida, y para qué tratar a eso como un tesoro, aunque lo perdido fuera lindo o lo pareciera. Por otro lado, de los malos momentos se aprende a lo loco y sin necesidad alguna de rimbombancias como el atesoramiento (ah, yo soy dura y aprendo casi todo a los bofetazos; aunque una vez que aprendí, ya no me duelen). Entonces, atesorar momentos me parece un acto de desesperación aguda. Ni de aceptación, ni de alegría, ni de aprendizaje, que según creo, son los únicos valores de utilidad.

De ahí, de las premisas incorrectas, viene como resultado el fenómeno de no hacerse cargo. Buscamos la felicidad a lo loco, atesorando buenos momentos y debiendo mentirnos que esos momentos están presentes o al menos un poquito, y eludiendo la responsabilidad de los errores para no sentir culpa. No hacerse cargo no proviene necesariamente de la maldad personas, sino muchas de la desesperación y de la negación más estúpidas (y en estos casos de veras que da más bronca). Y sumando desentendidos en el mundo, es como ocurren las cosas que ocurren en los aeropuertos de Madrid y Miami (cómo pedirles a los Estados que sean mejores que los seres humanos); así es como le ocurre al arte que se queda mal paga y colgada de la pared sin que nadie la mire –salvo para fingir cierto cultivo, como lo hiciera el monarca en 'El Nuevo Traje del Emperador'-, y así también es que pasa, y se tolera porque todos lo hacen hasta multiplicarlo a la enésima potencia, que no pagamos las deudas que tenemos en mora (vgr., una pavada tal como llamado a un amigo a veces no lo llevamos a cabo porque sentimos vergüenza de no haberlo llamado antes).

Las premisas válidas, según creo, las ha emitido el autor Miguel Ruiz en su libro 'Los cuatro acuerdos', y a él me remito (ser impecable con las palabras, no tomarse nada personalmente, no hacer suposiciones y hacer siempre lo máximo que se puede).

Pero no me detengo en eso porque hay algo que me importa mucho. La ecuación humana no puede carecer de belleza, de la más amplia y contundente belleza.

Ya veré.

IG
(18/AGO/2010) (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

THE HUMAN EQUATION I

THE HUMAN EQUATION (I):
Hacerse cargo; el primer gran fracaso del siglo

Desperté este domingo por la tarde sin ibuprofeno en casa. Ello equivale en esta era Huxleyística al pecado capital de no propender a la propia felicidad. Me importó poco, porque desde hace semanas que solamente dejo pasar cada jornada sin buscar ningún resultado honroso para mi existencia. Despierto todos los días como si despertara a la vida, sin plan alguno. Supongo que es una transición más, así que no me importa.

El problema es que la pasividad de uno deja un espacio a los demás, y los demás lo ocupan. Pero con qué. En mi caso y porque soy una persona con mucha suerte, hubo de todo. En primer lugar, hubo un amigo, uno que aún no sabe que es mi amigo ni por qué (como tantos otros). Es una persona generosa, de corazón, aunque se jura a sí mismo que no lo es y que sus acciones responden meramente a un plan egotista. Otros amigos, algunos por demás consabidos y otros todavía ignorantes de que lo son, también me sonrieron afablemente.

Otro lugar lo ocuparon los diarios con sus noticias. Ayer, particularmente me llamó la atención el relato de una mujer que sufrió una extraordinaria detención en EEUU por haber mentido al suscribir la declaración jurada tendiente a la obtención de la visa migratoria. Había escrito en el formulario que nunca había ido allá, cuando en realidad sí lo había hecho, había residido de manera indocumentada en ese país durante años. Luego de un interrogatorio que motivó su alojamiento en el aeropuerto durante 48 horas, más dos meses de cadenas –literalmente- en prisión, volvió a nuestro país diciendo que nunca antes había amado tanto a la Argentina. Señora, pensé yo, acá podrían matarles a sus nietos unas personas que en vez de portar cadenas pasarán por una puerta giratoria y volverán a las calles; yo no sé, señora, si lo que usted ama es amable. Pero esa mujer quería visitar a su hija, quien aún vive en aquel país del norte; era por ese motivo que había viajado. No, señora, dijeron allá, no nos importan sus razones. Y la encadenaron como a una delincuente. Cuenta ella que convivió con criminales de todo tipo, pero habló, y esto me llamó la atención tremendamente, de 'gente buena' que la ayudó mucho en la cárcel. Gente buena en la cárcel... Allí, no sólo hubo quienes entendieron sus razones, sino que esa gente se conmovió y la ayudó de manera expresa. El Estado no lo hizo; los ejecutores estatales tampoco. Pero algunas presas sí, tanto tanto, que le tendieron sus manos generosa y desinteresadamente.

Hace poco, en Europa (España) ocurrió que el sistema migratorio mantuvo a una mujer de 88 años sin su medicación en el aeropuerto internacional hasta que la despachó de regreso a Argentina. Otra persona que quería visitar a su hijo. No, señora, acá, aunque no se lo diga la empresa que le vende el pasaje, usted tiene que ingresar con una 'invitación'; no alcanza el pasaporte en regla, no alcanza que tenga pasaje de regreso. De estos casos, tanto el americano como el europeo, ya hubo un montón; éstos son solamente ejemplos.

Yo me pregunto cuándo se van a hacer cargo EEUU y Europa de que tanto inmigrante, legal o no, ha sido siempre producto de sus propias economías. Cuándo le van a poner el pecho al hecho de que cuando les va bien, sus propios habitantes no quieren hacer ciertos trabajos que sí aceptan los extranjeros, y cuándo van a pagar los costos de la competitividad de sus empresas y de la accesibilidad de sus productos y servicios, que tantas veces han dependido del trabajo de inmigrantes mal pagos, con o sin papeles en regla, situación tolerada y aún propiciada por cada Estado. Y la pregunta es baladí, porque sé la respuesta: Nunca.

Lo sorprendente es que no hacerse cargo es una regla general. Yo sé, aún por experiencia personal, que casi nadie paga sus deudas ni se hace cargo de nada. Yo vi cómo los automovilistas cruzan las bocacalles con el semáforo en rojo y encuentran las razones más disparatadas para justificarse. También oí mil veces a tantísimas personas orladas de Lacoste decir que está bien no pagar impuestos. Hace poco, un ex-amigo me relató holgadamente por qué no pagaba una deuda: porque el acreedor no necesitaba la plata. ¿Y qué sabés que haría tu acreedor con esa plata?, pregunté yo con la más vergonzosa ingenuidad. ¡No la necesita!, fue toda la respuesta que obtuve. Faltó que añadiera: 'y dejáme de joder'.

La torta es chica y las necesidades –más aún los intereses creados al decir de Jacinto Benavente- son demasiado grandes. Benavente escribió hace más de un siglo ya; pero las cosas son cada vez más como él las viera y se sustentan en una carencia de valores que él no pudo imaginar cuán 'democrática' (irónic.: extendida) llegaría a ser.

Las cosas han llegado a tal punto, que por ejemplo, ya hace unos años la Iglesia Católica en Argentina decidió cambiar el Padre Nuestro para que no se le fueran más fieles: en vez de pedirle a Dios que 'perdone nuestas deudas' dice que 'perdone nuestras ofensas'. Porque nos dan demasiada culpa nuestras cotidianas deudas. Deuda no es una palabra que solamente se refiere al dinero, aunque tanto bruto crea que sí, pero es que a estas alturas, a nadie se le ocurre de qué otra cosa se puede estar hablando, que no sea del dinero. En fin, el asunto es que si tenemos que repetir eso de las deudas cada domingo, preferiremos pronto alguna iglesia que nos compre la concurrencia con un billete de dos pesos y poco de qué hacernos cargo. Claro, 'ofensas' suena menos real, creemos que no ofendemos a nadie no haciéndonos cargo de nada o viviendo en la ingratitud, en la morosidad y el no reconocimiento hacia nadie.

Ayer le pregunté a un pintor amigo cuánto cuesta un cuadro suyo del cual me enamoré. No sé nada de tasación del arte; me resulta un tópico incomprensible. De modo que no sabía, al preguntar, si yo estaría en condiciones de pagarlo, ni aún en caso de poder hacerlo, si su costo se justificaría en mis normales expensas. Él se puso muy nervioso y no me pudo contestar. Me di cuenta de que había preguntado por una de sus obras más valiosas. Y me pareció razonable que fuera así; tengo buen gusto. Pero... cómo no me pudo contestar. Cómo puede ser que no pudiera decirme redondamente el precio de ese cuadro, si lo tiene en venta. Supongo que la gente ha sido bastante injusta con él más de una vez. Está lleno de personas que desean el glamour estúpido de andar diciendo que tienen en casa una obra de fulano de tal, cuando a ese fulano de tal, que es un artista y que sacó esa obra de entre miles de días de fecundidad latente, le estuvieron regateando babosamente el precio hasta hacerle creer que era un comerciante despiadado y que tampoco era para tanto su obra. Entre precios llorados, rebajas y cuotas inconducentes, la presentación con sushi del cuadro entre las amistades de alguna vieja llorona del Palihue que se colgó de la luz pero que contrató al 'mejor' DJ para su fiesta (léase, el más caro), del arte del cuadro que se colgó a la pared no quedó nada. Es que salvo para esas almas silenciosas que buscan la magnánima redención de la belleza, del arte nunca queda nada. Pregúntenles a Cezàne, a Van Gogh o a De Nevi...

De ningún arte: ni del arte de la generosidad, ni del arte del pintor, ni del arte de la medicina –porque a los médicos la gente no entiende por qué les tiene que pagar- ni del arte de administrar los fondos públicos, ni del arte del pobre albañil que encuentra un futuro en el extranjero para luego ser pagado con la deportación de su vieja en Barajas.

De todos modos, sea porque la Historia es circular, o porque el mundo se compone de paradojas, cuando casi todos los espíritus de Occidente se hallen tan empequeñecidos que se hayan reducido a su mínima expresión, de toda la ruina quedará algún arte que los salvará. Escribe S. King en 'Duma Key' la historia de una pequeña que luego de un accidente había perdido muchas de sus capacidades y las retomaría muy de a poco. La niña logró en un momento agarrar un lápiz y diseñar una raya. En su situación, el valor de esa raya era inconmensurable. Quizás en nuestra agonía final nos salve una raya, un acto de arte.

El problema de no hacerse cargo es muy complejo, como una telaraña. Y tiene un carácter sumamente contagioso sobre el cual llamativamente la Organización Mundial de la Salud nunca dice nada, ni siquiera recomienda barbijos. En algún momento, todos sufrimos alguna injusticia, todos debemos pagar lo que el otro no ha querido hacer, difundir, coadyuvar, etc., etc.. Es que nada de nada queda insoluto: lo que no pague yo lo pagará otro, lo que no haga yo lo sufrirá otro. Es sencillo porque siempre es así, ya sea en cuestiones de dinero, o de acciones o de omisiones. El problema será que cuando nos pase, cada vez que nos ocurra alguna injusticia, deberemos preguntarnos cuántas veces hemos alimentado a un mundo injusto. Cuántas deudas hemos deshonrado, cuántas veces logramos que otro se hiciera cargo de un esfuerzo que debía ser nuestro –fuera pequeño o enorme-, cuántas veces nos importó un bledo la injusticia sufrida por otros, cuántas veces compramos la ropa en un negocio que soporta marcas provenientes de economías de trabajos cuasi-forzosos y cuántas veces vamos a comer a un lugar donde negrean a los empleados. O...

O podremos seguir empequeñeciendo nuestro espíritu. Y creo que haremos esto último.

Como soy una persona llena de suerte, siempre lo digo, vivo alegrías, frugales y no tanto, y me llevo a la cama, cada noche, imágenes hermosas que he recogido de aquí y de allá. Hasta un amor desventurado que aún me está costando un renacimiento, me dejó sin embargo la escena sencilla de una ruta que cruzaba unos viñedos hermosos, y esa imagen se mezcla grácilmente con una fotografía Nat Geo del vuelo de un gavilán por esos mismos viñedos. Tengo la suerte de maravillarme, y miles de imágenes bellísimas me acompañan al irme a dormir. Como también me acompaña pensar en mi cofradía cerrada de buenos amigos, grandes personas.

Solamente me perturba algún segundo posterior al despertar en que retomo mi carácter gregario de mayor alcance social y se me reproducen invariablemente los sones de cínica infantilidad que rezan pareciendo burlarse: 'Antón Antón Antón Pirulero, cada cual, cada cual atiende su juego...'

I.G.

15/AGO/2010 (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

EL COLADO

Había un hombre bastante particular en mi barrio. En verano usaba casi todos los días una remera de ‘El Acertijo’, y en invierno la lucía al menos una vez por semana –supongo que con el frío le costaría un poco más secarla y volver a vestirla-. La segunda rareza que le descubrí fue que iba de colado a las fiestas de cumpleaños; ni siquiera tenía la discreción de elegir reuniones de gente de su edad: si el agasajado cumplía los seis años, ya se apersonaba este señor; él tenía más de treinta cuando lo conocí y según me confió, ya se había colado miles de veces. Conocí esta costumbre suya porque se filtró en mi festejo cuando cumplí catorce; abrí la puerta y ahí estaba, esta vez con una remera que rezaba ‘What?’, sencillamente me dijo ‘feliz cumpleaños’ y dio un paso al living de mi casa. No me sorprendió demasiado porque ya me parecía un tipo extraño. Como se quedó hasta el final del encuentro, le sugerí que permaneciera hasta que se fuera el último de los convidados. Quería saber por qué había venido. Ya a solas, me expresó con toda franqueza que quería saber cuáles habían sido mis deseos al soplar las velitas. Bueno, no era para tanto, así que le conté –creo- algo relativo a las notas del colegio, a mis deseos para las vacaciones de verano, y supongo que le mentí alguna que otra cosa dado que de mis secretos amores yo nunca divulgaba nada y se suponía que debía confiarle tres deseos, ¿no?

Decir que nos volvimos amigos sería falso en cualquier caso, pero en éste no lo fue, dado que con semejante persona la amistad que podía gestarse venía limitada desde el inicio y de veras que derroché simpatía con este tío. Inclusive lo acompañé en una de sus actividades de polizón en un cumpleaños de quince de un barrio lejano. El padre de la chica lo sacó a patadas y a mí también –aunque yo me tomé la molestia de verlo venir al viejo y salí carpiendo antes de que me dejara la suela puesta en el culo-. El otro, muy chambón, vestido de ‘El Acertijo’ nuevamente, lejos de achicarse, se volvió a filtrar al salón por la ventana del baño y entró a las corridas a la pista de baile, donde logró preguntarle a la adolescente cuáles habían sido sus deseos. Al salir, con el ojo negro y un diente flojo, me juró que sin embargo había logrado que la jovencita le refiriera una de las inquietudes vertidas al oráculo de mazapán y de cera. Ella había pedido que el flacucho más tímido que habíamos visto en toda la fiesta le diera bola. A mí me pareció normal, pero mi amigo se entristeció un poco.

Hacía unos cinco años que iba de un lado al otro preguntándole a la gente qué deseaba, qué soñaba. Él ya no recordaba cuándo había dejado de soñar.

-¿Y por eso usás la remera de ‘El Acertijo’?-, le pregunté.

Me contestó que sí, así que le sugerí que dejara de ponérsela, porque con ese signo de interrogación en el pecho, casi como una identidad, nunca iba a conocer sus propios deseos, siempre se iba a considerar un ignorante de sí mismo. Consideró inteligente mi reflexión, pero juró que su problema no era que no conociera sus deseos sino que no los tenía. Ah, no, eso jamás, insistí. Si al menos le quedaba el deseo de desear, el sueño de soñar… ‘¿Me estás gastando?’, aduné con mi suavidad habitual. ‘Ah, la re-flauta’, suspiró, y se dio cuenta de que era cierto lo que yo le decía.

Entonces se fue contento. Ese día me dio un beso grandote en la mejilla.

Yo me quedé mal y de refilón mis mejillas que se tornaron candentes adivinaron por qué. Yo no quería reconocerlo, pero en realidad lo mío era peor. Yo, ciertamente, en esos últimos tiempos andaba por la vida sin desear nada de nada, sin soñar nada de nada, y apenas tenía veinte años. En vez de una remera verde con un signo de pregunta, aquella vez me había puesto una remera negra, para aquella fiesta. Miré mi pecho negro y me sentí realmente mal. Pero hice de tripas corazón, me fui a casa, cambié mi atuendo oscuro por una camisa anaranjada y me fui a dormir.

Un mes después me mudé, así que no volví a ver a mi amigo. Hoy tengo mil deseos incumplidos y eso me hace muy feliz. Ayer soñé con todo lo que he perdido y me levanté muy alegre por todo lo que voy a perder y volver a querer y volver a inventar.

Pero no voy a negar que de vez en cuando recuerdo aquella época y me dan escalofríos. A veces sospecho que ese hombre extraño por un buen tiempo me contagió su abulia, y reconozco que antes de volver a la dicha de adorar esta vida y sus sorpresas, cometí la brutalidad de robarle los secretos deseos de cumpleaños a una enamorada mía, y nunca la volví a ver feliz.

Bueno, basta, que hoy lo que deseo es dejar de pensar.