sábado, 12 de marzo de 2011

EL COLADO

Había un hombre bastante particular en mi barrio. En verano usaba casi todos los días una remera de ‘El Acertijo’, y en invierno la lucía al menos una vez por semana –supongo que con el frío le costaría un poco más secarla y volver a vestirla-. La segunda rareza que le descubrí fue que iba de colado a las fiestas de cumpleaños; ni siquiera tenía la discreción de elegir reuniones de gente de su edad: si el agasajado cumplía los seis años, ya se apersonaba este señor; él tenía más de treinta cuando lo conocí y según me confió, ya se había colado miles de veces. Conocí esta costumbre suya porque se filtró en mi festejo cuando cumplí catorce; abrí la puerta y ahí estaba, esta vez con una remera que rezaba ‘What?’, sencillamente me dijo ‘feliz cumpleaños’ y dio un paso al living de mi casa. No me sorprendió demasiado porque ya me parecía un tipo extraño. Como se quedó hasta el final del encuentro, le sugerí que permaneciera hasta que se fuera el último de los convidados. Quería saber por qué había venido. Ya a solas, me expresó con toda franqueza que quería saber cuáles habían sido mis deseos al soplar las velitas. Bueno, no era para tanto, así que le conté –creo- algo relativo a las notas del colegio, a mis deseos para las vacaciones de verano, y supongo que le mentí alguna que otra cosa dado que de mis secretos amores yo nunca divulgaba nada y se suponía que debía confiarle tres deseos, ¿no?

Decir que nos volvimos amigos sería falso en cualquier caso, pero en éste no lo fue, dado que con semejante persona la amistad que podía gestarse venía limitada desde el inicio y de veras que derroché simpatía con este tío. Inclusive lo acompañé en una de sus actividades de polizón en un cumpleaños de quince de un barrio lejano. El padre de la chica lo sacó a patadas y a mí también –aunque yo me tomé la molestia de verlo venir al viejo y salí carpiendo antes de que me dejara la suela puesta en el culo-. El otro, muy chambón, vestido de ‘El Acertijo’ nuevamente, lejos de achicarse, se volvió a filtrar al salón por la ventana del baño y entró a las corridas a la pista de baile, donde logró preguntarle a la adolescente cuáles habían sido sus deseos. Al salir, con el ojo negro y un diente flojo, me juró que sin embargo había logrado que la jovencita le refiriera una de las inquietudes vertidas al oráculo de mazapán y de cera. Ella había pedido que el flacucho más tímido que habíamos visto en toda la fiesta le diera bola. A mí me pareció normal, pero mi amigo se entristeció un poco.

Hacía unos cinco años que iba de un lado al otro preguntándole a la gente qué deseaba, qué soñaba. Él ya no recordaba cuándo había dejado de soñar.

-¿Y por eso usás la remera de ‘El Acertijo’?-, le pregunté.

Me contestó que sí, así que le sugerí que dejara de ponérsela, porque con ese signo de interrogación en el pecho, casi como una identidad, nunca iba a conocer sus propios deseos, siempre se iba a considerar un ignorante de sí mismo. Consideró inteligente mi reflexión, pero juró que su problema no era que no conociera sus deseos sino que no los tenía. Ah, no, eso jamás, insistí. Si al menos le quedaba el deseo de desear, el sueño de soñar… ‘¿Me estás gastando?’, aduné con mi suavidad habitual. ‘Ah, la re-flauta’, suspiró, y se dio cuenta de que era cierto lo que yo le decía.

Entonces se fue contento. Ese día me dio un beso grandote en la mejilla.

Yo me quedé mal y de refilón mis mejillas que se tornaron candentes adivinaron por qué. Yo no quería reconocerlo, pero en realidad lo mío era peor. Yo, ciertamente, en esos últimos tiempos andaba por la vida sin desear nada de nada, sin soñar nada de nada, y apenas tenía veinte años. En vez de una remera verde con un signo de pregunta, aquella vez me había puesto una remera negra, para aquella fiesta. Miré mi pecho negro y me sentí realmente mal. Pero hice de tripas corazón, me fui a casa, cambié mi atuendo oscuro por una camisa anaranjada y me fui a dormir.

Un mes después me mudé, así que no volví a ver a mi amigo. Hoy tengo mil deseos incumplidos y eso me hace muy feliz. Ayer soñé con todo lo que he perdido y me levanté muy alegre por todo lo que voy a perder y volver a querer y volver a inventar.

Pero no voy a negar que de vez en cuando recuerdo aquella época y me dan escalofríos. A veces sospecho que ese hombre extraño por un buen tiempo me contagió su abulia, y reconozco que antes de volver a la dicha de adorar esta vida y sus sorpresas, cometí la brutalidad de robarle los secretos deseos de cumpleaños a una enamorada mía, y nunca la volví a ver feliz.

Bueno, basta, que hoy lo que deseo es dejar de pensar.

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