sábado, 12 de marzo de 2011

THE HUMAN EQUATION II

THE HUMAN EQUATION (II):
La deuda individual

Toca ahora ponerse el ropaje para ver si cabe, como se testara el zapatito de la Cenicienta.

Y a mí me queda de maravillas: Estoy repleta de deudas del 'no hacerse cargo'.

No me da vergüenza. Yo solamente vengo a tirar la primera piedra que se aconseja no tirar, porque para mí es peor negar.

Uno cree que no paga, pero la primera víctima de ofrecerle las espaldas a la conciencia, es uno. Hoy, un llamado menos. Mañana, los problemas que jamás se resolvieron siguen golpeando la puerta y uno está demasiado débil y confundido, y para colmo demasiado solo para enfrentarlos. Sin embargo, creo que todo tiene arreglo, siempre.

Tres premisas muy comunes:
Buscar la felicidad.
No cargar culpas.
Atesorar buenos momentos.

A esta altura, me parecen tres falacias.

La felicidad, que es un particular estado de alegría que puede concebirse solamente por comparación -entre estados de infelicidad-, depende de circunstancias externas que no se pueden prever ni controlar. Y buscar la felicidad es buscar el control, algo impracticable. Lo previsible es una persona alegre, con la capacidad de despertar y discurrir cotidianamente sin permitir que cualquier pequeñez le impida persistir en el disfrute. Insisto: la felicidad como meta no existe. No sólo depende de factores incontrolables, sino que además, la alegría no puede ser una meta, es un modo de vivir que solamente puede ser posible desde la aceptación de aquellos momentos que no son felices, si nada está garantizado, si vivir no es más que un regalo y a veces de segunda. En este punto me declaro titular indiscutible de un rotundo fracaso... He buscado la felicidad con ojo agudo, como si ella fuera la piedra filosofal, y la busqué todo el tiempo con una seriedad tal, que se me pintó indeleble el ceño fruncido.

La culpa creo que no le corresponde a una persona que transita el mundo intentando no molestar demasiado. Que les pese a los criminales; al resto, no. Es que no queda otro remedio para el común denominador de los seres humanos que hacer lo mejor que puede en cada momento. No es poco, pero intentarlo de veras es suficiente y rinde frutos. Ahora bien, el problema está en las excusas, que eluden la enmienda como si fuera un pecado. Recurrimos a excusas a cada rato porque deseamos presentarnos infalibles frente a los demás y ante nosotros mismos. Y el único engañado es quien se miente. A los demás, nada les importa demasiado: la discordancia, el descreimiento y el disenso entre los seres humanos los separa a la corta o a la larga. A una persona a quien le pierdo confianza la eludo, y todo el mundo hace lo mismo. Para qué aparecer infalibles, si lo único que se logra es asirse cada vez más a un conflicto interno de negaciones, del cual después es difícil salir. Cuando nos tragamos un lustro sin haber avanzado ni un poquito en convertirnos en personas aunque sea un poco más alegres, tenemos tres opciones: o darnos cuenta de que nos equivocamos, o negarnos la amargura con el arrope del orgullo, o hacer zapping frente al tele para no reparar demasiado. Si elegimos bien y nos damos cuenta de que nos equivocamos, podemos intentar al día siguiente ser un poco más livianos, dejar de proferir reproches a nuestra persona ni a nadie. Si advertimos que lo que hicimos fue lo que supimos hacer y seguimos adelante reintentando otra vez sin tanta amonestación, veremos que nada es indeleble, que es posible hacer las cosas mejor mañana (aunque nos haya costado alguna cosa que no volverá a nuestro acervo, qué se le va a hacer).

En cuanto a atesorar buenos momentos, hay una escala grande de 'lo que se ha perdido' al sostener semejante premisa. La nostalgia es una clase de victimización y desatiende la importancia de la aceptación. Nunca me fue bien recordando desde ese lugar. Cuando me acuerdo de algo que me hace sonreír y me hace sentir bien, no hay la más mínima gota de la nostalgia. Si hay nostalgia, el recuerdo es desagradable, porque se centra en la carencia. Entonces, no atesoro. Me acuerdo y punto. Me acuerdo bien y me acuerdo mal. Y cuando me acuerdo mal, es porque todavía me cuesta tragarme una pérdida, y para qué tratar a eso como un tesoro, aunque lo perdido fuera lindo o lo pareciera. Por otro lado, de los malos momentos se aprende a lo loco y sin necesidad alguna de rimbombancias como el atesoramiento (ah, yo soy dura y aprendo casi todo a los bofetazos; aunque una vez que aprendí, ya no me duelen). Entonces, atesorar momentos me parece un acto de desesperación aguda. Ni de aceptación, ni de alegría, ni de aprendizaje, que según creo, son los únicos valores de utilidad.

De ahí, de las premisas incorrectas, viene como resultado el fenómeno de no hacerse cargo. Buscamos la felicidad a lo loco, atesorando buenos momentos y debiendo mentirnos que esos momentos están presentes o al menos un poquito, y eludiendo la responsabilidad de los errores para no sentir culpa. No hacerse cargo no proviene necesariamente de la maldad personas, sino muchas de la desesperación y de la negación más estúpidas (y en estos casos de veras que da más bronca). Y sumando desentendidos en el mundo, es como ocurren las cosas que ocurren en los aeropuertos de Madrid y Miami (cómo pedirles a los Estados que sean mejores que los seres humanos); así es como le ocurre al arte que se queda mal paga y colgada de la pared sin que nadie la mire –salvo para fingir cierto cultivo, como lo hiciera el monarca en 'El Nuevo Traje del Emperador'-, y así también es que pasa, y se tolera porque todos lo hacen hasta multiplicarlo a la enésima potencia, que no pagamos las deudas que tenemos en mora (vgr., una pavada tal como llamado a un amigo a veces no lo llevamos a cabo porque sentimos vergüenza de no haberlo llamado antes).

Las premisas válidas, según creo, las ha emitido el autor Miguel Ruiz en su libro 'Los cuatro acuerdos', y a él me remito (ser impecable con las palabras, no tomarse nada personalmente, no hacer suposiciones y hacer siempre lo máximo que se puede).

Pero no me detengo en eso porque hay algo que me importa mucho. La ecuación humana no puede carecer de belleza, de la más amplia y contundente belleza.

Ya veré.

IG
(18/AGO/2010) (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

No hay comentarios:

Publicar un comentario