sábado, 12 de marzo de 2011

THE HUMAN EQUATION III

THE HUMAN EQUATION (III)
La belleza


La cabeza embotada de disquisiciones irresolutas que signara mi día finalmente se rinde. Caigo pesadamente en mi cama, pero no me he librado aún de la tensión muscular, y las manos quieren hacer y las piernas quieren seguir, mas no son ellas ni mi mente quienes dicen 'basta', sino precisamente la incapacidad de mi mente para continuar reinando. ¿Has sufrido alguna vez el embate de la humildad? Es una rendición, y uno se resiste, desde luego; el ego no quiere perder el cetro.

Y esa rendición es lo mejor que puede pasar.

De pronto advierto que los músculos han empezado a aprovechar la horizontalidad del cuerpo y se relajan. Imponen a mis ojos comportarse de consuno y abandonar toda alerta, y entonces mis ojos empiezan a cerrarse. Es un segundo o poco más lo que tardan en hacerlo, pero en ese lapso, desde que los párpados empiezan a ceder, ocurre algo particular: no quedan enemigos, no queda tristeza alguna, ni lucha que ganar. No hay nada de nada, más que silencio y calma.

Una ruta apenas se siente bajo las ruedas, cuando el coche serpentea su curso al borde del viñedo. Miro por la ventana, todo el tiempo. Pequeñísimos tallos han sido dispuestos en forma equidistante, formando líneas rectas que cruzan un campo inmenso. Paso una línea, y otra y otra. Pudiera ello ocurrir in eternum, pudiera el campo nunca acabar, y las líneas de mínimos tallos continuar desfilando a mi lado. Eso es el tiempo presente: nada de tiempo y pura geometría en movimiento inasible –de rutas ondulantes, de tallos equidistantes, de una hexagonal mancha de campo orlada por montañas y con fondo de cielo-. Y el recuerdo al que me entrego cada vez, siempre es pura geometría de tiempo presente que recorro, dócilmente, para que el hexágono se transforme en mancha aterciopelada y para que los tallos acaricien el pasaje suavemente.

Dormí ocho horas y al despertar, lo primero que percibo es la existencia; la de nadie en particular, la de alguien sin nombre -no llego a llamarme siquiera 'yo' al disfrutar de ese renacer-. El descanso habido me hace un postrer regalo, la liviandad y el anonimato, todo el tiempo presente que se representa en un cuerpo descansado, en la luz nueva que aparece por la ventana y en el silencio, que sigue jurando paz.

Digamos que es sábado. Digamos que puedo por un rato seguir siendo nadie en particular y que nadie dirá mi nombre por unas horas. Pensemos que no encuentro razones para hacer otra cosa que lo que se me ocurre de inmediato y para lo inmediato: salir a caminar, por ejemplo.

Con la agilidad de un cuerpo renovado piso grácilmente al ganar las calles. El aire que está más allá de la puerta de mi casa promete más liviandad y mi mirada miope está más aguda luego del descanso. Noto que los colores que pinta el sol no son plenamente suyos; es posible no verlos y es posible verlos. No dependen del solamente del astro. Una baldosa está rota y tropiezo, lo cual me obliga a mirar hacia abajo y notar que el suelo, compuesto de unidades rayadas de color gris, tiene pequeñísimos agujeros que lo tornan bastante bonito. Una paciente le dijo una vez al Dr. Weiss que el día anterior había visto un árbol hermoso, con un tallo así, con unas hojas asá, con unas flores qué sé yo cómo. Weiss la felicitó por haber salido a pasear de una buena vez, pero la mujer le refutó el cumplido, porque que simplemente se había dignado a mirar el árbol que siempre había estado frente a su jardín.

Luego de varias cuadras, al tomar un camino que será recto por un buen trecho, dispongo el añejo aparato que vive en mi morral para escuchar algo de música. Y la música me devuelve el tiempo: aquellas cosas que ocurrieron y los propósitos del futuro. Un suave pinchazo en el pecho me dice que me puedo enganchar a cualquiera de los dos, al pasado y al futuro, y ese pinchazo de desazón me confiesa que eso es lo que siempre hago. Pero tal vez hoy no: Una bandada de loros parte en dos el cielo profiriendo un griterío que perfora la melodía de mi Sony Walkman a cuerda. La curva de su vuelo contiene la más sencilla de las alegrías, la más pura de las gracias y el más hermoso sinsentido de todas las cosas: me quedo mirando esa inocente futilidad del ser y a la vez esa profunda continuidad del ser, la mancomunada coherencia de todas las cosas y la participación indiscriminada de todo en todo.

Hoy pudiera decirse que no fue un día productivo; no hice nada de expresa utilidad, ni siquiera calibré el bolígrafo hacia la estampa de una rúbrica en papel alguno. Pero qué sé yo. Quizás eso se sabe mucho después. La sencillez de la belleza y la sencillez de la participación de uno en el todo, me recuerdan una escena que en su momento no pensé de utilidad alguna y sin embargo constituye mi más querido acervo: Muy lejos de casa, en una pequeña dársena pesquera de Sète, en la minúscula parte que está desprendida del resto de la pequeña ciudad, una tarde de sol que viví en tiempo presente a causa de un sentimiento muy profundo, unos pescadores desembarcaron y dispusieron en unas mesas de madera llenas de sal, montones de bivalvos, pescados y demás hallazgos. Cada una de las piezas, mojadas aún, brillaban bajo el sol, y el agua que se les desprendía formaba un hilo traslúcido y luminoso que unía cada una de las mesas con el suelo. Los pescadores escrutaban la mercancía y disociaban pares de nones. La panadera salió a su encuentro y empezó a hablarles en esa lengua que parece fácil pero no lo es. Miré las casas de la pequeña islilla y vi que todas ellas contaban con ventanas salidas hacia la vereda, expuestas lo máximo posible al mar. Al mirar el mar, noté que sus aguas resplandecían todo el tiempo, desde su azul hondísimo hasta los superficiales y danzantes reflejos del sol. Me detuve un segundo a mirar, y la expectación silenciosa me contó una confidencia: los botes siempre cantan por lo bajo esa canción sin bandera que dice que el hogar nunca está lejos, esa melodía incansable y alegre que podrás recordar, de agua y madera.

Un alma ignota no se reprocha nada, no tiene enemigos ni culpas, no debe nada que no pueda devolver mañana siendo un poco mejor de lo que fue. Un alma ignota solamente participa generosa y alegremente de la ecuación humana. A reintentar.

I.G. (20/AGO/2010) (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

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