sábado, 12 de marzo de 2011

THE HUMAN EQUATION I

THE HUMAN EQUATION (I):
Hacerse cargo; el primer gran fracaso del siglo

Desperté este domingo por la tarde sin ibuprofeno en casa. Ello equivale en esta era Huxleyística al pecado capital de no propender a la propia felicidad. Me importó poco, porque desde hace semanas que solamente dejo pasar cada jornada sin buscar ningún resultado honroso para mi existencia. Despierto todos los días como si despertara a la vida, sin plan alguno. Supongo que es una transición más, así que no me importa.

El problema es que la pasividad de uno deja un espacio a los demás, y los demás lo ocupan. Pero con qué. En mi caso y porque soy una persona con mucha suerte, hubo de todo. En primer lugar, hubo un amigo, uno que aún no sabe que es mi amigo ni por qué (como tantos otros). Es una persona generosa, de corazón, aunque se jura a sí mismo que no lo es y que sus acciones responden meramente a un plan egotista. Otros amigos, algunos por demás consabidos y otros todavía ignorantes de que lo son, también me sonrieron afablemente.

Otro lugar lo ocuparon los diarios con sus noticias. Ayer, particularmente me llamó la atención el relato de una mujer que sufrió una extraordinaria detención en EEUU por haber mentido al suscribir la declaración jurada tendiente a la obtención de la visa migratoria. Había escrito en el formulario que nunca había ido allá, cuando en realidad sí lo había hecho, había residido de manera indocumentada en ese país durante años. Luego de un interrogatorio que motivó su alojamiento en el aeropuerto durante 48 horas, más dos meses de cadenas –literalmente- en prisión, volvió a nuestro país diciendo que nunca antes había amado tanto a la Argentina. Señora, pensé yo, acá podrían matarles a sus nietos unas personas que en vez de portar cadenas pasarán por una puerta giratoria y volverán a las calles; yo no sé, señora, si lo que usted ama es amable. Pero esa mujer quería visitar a su hija, quien aún vive en aquel país del norte; era por ese motivo que había viajado. No, señora, dijeron allá, no nos importan sus razones. Y la encadenaron como a una delincuente. Cuenta ella que convivió con criminales de todo tipo, pero habló, y esto me llamó la atención tremendamente, de 'gente buena' que la ayudó mucho en la cárcel. Gente buena en la cárcel... Allí, no sólo hubo quienes entendieron sus razones, sino que esa gente se conmovió y la ayudó de manera expresa. El Estado no lo hizo; los ejecutores estatales tampoco. Pero algunas presas sí, tanto tanto, que le tendieron sus manos generosa y desinteresadamente.

Hace poco, en Europa (España) ocurrió que el sistema migratorio mantuvo a una mujer de 88 años sin su medicación en el aeropuerto internacional hasta que la despachó de regreso a Argentina. Otra persona que quería visitar a su hijo. No, señora, acá, aunque no se lo diga la empresa que le vende el pasaje, usted tiene que ingresar con una 'invitación'; no alcanza el pasaporte en regla, no alcanza que tenga pasaje de regreso. De estos casos, tanto el americano como el europeo, ya hubo un montón; éstos son solamente ejemplos.

Yo me pregunto cuándo se van a hacer cargo EEUU y Europa de que tanto inmigrante, legal o no, ha sido siempre producto de sus propias economías. Cuándo le van a poner el pecho al hecho de que cuando les va bien, sus propios habitantes no quieren hacer ciertos trabajos que sí aceptan los extranjeros, y cuándo van a pagar los costos de la competitividad de sus empresas y de la accesibilidad de sus productos y servicios, que tantas veces han dependido del trabajo de inmigrantes mal pagos, con o sin papeles en regla, situación tolerada y aún propiciada por cada Estado. Y la pregunta es baladí, porque sé la respuesta: Nunca.

Lo sorprendente es que no hacerse cargo es una regla general. Yo sé, aún por experiencia personal, que casi nadie paga sus deudas ni se hace cargo de nada. Yo vi cómo los automovilistas cruzan las bocacalles con el semáforo en rojo y encuentran las razones más disparatadas para justificarse. También oí mil veces a tantísimas personas orladas de Lacoste decir que está bien no pagar impuestos. Hace poco, un ex-amigo me relató holgadamente por qué no pagaba una deuda: porque el acreedor no necesitaba la plata. ¿Y qué sabés que haría tu acreedor con esa plata?, pregunté yo con la más vergonzosa ingenuidad. ¡No la necesita!, fue toda la respuesta que obtuve. Faltó que añadiera: 'y dejáme de joder'.

La torta es chica y las necesidades –más aún los intereses creados al decir de Jacinto Benavente- son demasiado grandes. Benavente escribió hace más de un siglo ya; pero las cosas son cada vez más como él las viera y se sustentan en una carencia de valores que él no pudo imaginar cuán 'democrática' (irónic.: extendida) llegaría a ser.

Las cosas han llegado a tal punto, que por ejemplo, ya hace unos años la Iglesia Católica en Argentina decidió cambiar el Padre Nuestro para que no se le fueran más fieles: en vez de pedirle a Dios que 'perdone nuestas deudas' dice que 'perdone nuestras ofensas'. Porque nos dan demasiada culpa nuestras cotidianas deudas. Deuda no es una palabra que solamente se refiere al dinero, aunque tanto bruto crea que sí, pero es que a estas alturas, a nadie se le ocurre de qué otra cosa se puede estar hablando, que no sea del dinero. En fin, el asunto es que si tenemos que repetir eso de las deudas cada domingo, preferiremos pronto alguna iglesia que nos compre la concurrencia con un billete de dos pesos y poco de qué hacernos cargo. Claro, 'ofensas' suena menos real, creemos que no ofendemos a nadie no haciéndonos cargo de nada o viviendo en la ingratitud, en la morosidad y el no reconocimiento hacia nadie.

Ayer le pregunté a un pintor amigo cuánto cuesta un cuadro suyo del cual me enamoré. No sé nada de tasación del arte; me resulta un tópico incomprensible. De modo que no sabía, al preguntar, si yo estaría en condiciones de pagarlo, ni aún en caso de poder hacerlo, si su costo se justificaría en mis normales expensas. Él se puso muy nervioso y no me pudo contestar. Me di cuenta de que había preguntado por una de sus obras más valiosas. Y me pareció razonable que fuera así; tengo buen gusto. Pero... cómo no me pudo contestar. Cómo puede ser que no pudiera decirme redondamente el precio de ese cuadro, si lo tiene en venta. Supongo que la gente ha sido bastante injusta con él más de una vez. Está lleno de personas que desean el glamour estúpido de andar diciendo que tienen en casa una obra de fulano de tal, cuando a ese fulano de tal, que es un artista y que sacó esa obra de entre miles de días de fecundidad latente, le estuvieron regateando babosamente el precio hasta hacerle creer que era un comerciante despiadado y que tampoco era para tanto su obra. Entre precios llorados, rebajas y cuotas inconducentes, la presentación con sushi del cuadro entre las amistades de alguna vieja llorona del Palihue que se colgó de la luz pero que contrató al 'mejor' DJ para su fiesta (léase, el más caro), del arte del cuadro que se colgó a la pared no quedó nada. Es que salvo para esas almas silenciosas que buscan la magnánima redención de la belleza, del arte nunca queda nada. Pregúntenles a Cezàne, a Van Gogh o a De Nevi...

De ningún arte: ni del arte de la generosidad, ni del arte del pintor, ni del arte de la medicina –porque a los médicos la gente no entiende por qué les tiene que pagar- ni del arte de administrar los fondos públicos, ni del arte del pobre albañil que encuentra un futuro en el extranjero para luego ser pagado con la deportación de su vieja en Barajas.

De todos modos, sea porque la Historia es circular, o porque el mundo se compone de paradojas, cuando casi todos los espíritus de Occidente se hallen tan empequeñecidos que se hayan reducido a su mínima expresión, de toda la ruina quedará algún arte que los salvará. Escribe S. King en 'Duma Key' la historia de una pequeña que luego de un accidente había perdido muchas de sus capacidades y las retomaría muy de a poco. La niña logró en un momento agarrar un lápiz y diseñar una raya. En su situación, el valor de esa raya era inconmensurable. Quizás en nuestra agonía final nos salve una raya, un acto de arte.

El problema de no hacerse cargo es muy complejo, como una telaraña. Y tiene un carácter sumamente contagioso sobre el cual llamativamente la Organización Mundial de la Salud nunca dice nada, ni siquiera recomienda barbijos. En algún momento, todos sufrimos alguna injusticia, todos debemos pagar lo que el otro no ha querido hacer, difundir, coadyuvar, etc., etc.. Es que nada de nada queda insoluto: lo que no pague yo lo pagará otro, lo que no haga yo lo sufrirá otro. Es sencillo porque siempre es así, ya sea en cuestiones de dinero, o de acciones o de omisiones. El problema será que cuando nos pase, cada vez que nos ocurra alguna injusticia, deberemos preguntarnos cuántas veces hemos alimentado a un mundo injusto. Cuántas deudas hemos deshonrado, cuántas veces logramos que otro se hiciera cargo de un esfuerzo que debía ser nuestro –fuera pequeño o enorme-, cuántas veces nos importó un bledo la injusticia sufrida por otros, cuántas veces compramos la ropa en un negocio que soporta marcas provenientes de economías de trabajos cuasi-forzosos y cuántas veces vamos a comer a un lugar donde negrean a los empleados. O...

O podremos seguir empequeñeciendo nuestro espíritu. Y creo que haremos esto último.

Como soy una persona llena de suerte, siempre lo digo, vivo alegrías, frugales y no tanto, y me llevo a la cama, cada noche, imágenes hermosas que he recogido de aquí y de allá. Hasta un amor desventurado que aún me está costando un renacimiento, me dejó sin embargo la escena sencilla de una ruta que cruzaba unos viñedos hermosos, y esa imagen se mezcla grácilmente con una fotografía Nat Geo del vuelo de un gavilán por esos mismos viñedos. Tengo la suerte de maravillarme, y miles de imágenes bellísimas me acompañan al irme a dormir. Como también me acompaña pensar en mi cofradía cerrada de buenos amigos, grandes personas.

Solamente me perturba algún segundo posterior al despertar en que retomo mi carácter gregario de mayor alcance social y se me reproducen invariablemente los sones de cínica infantilidad que rezan pareciendo burlarse: 'Antón Antón Antón Pirulero, cada cual, cada cual atiende su juego...'

I.G.

15/AGO/2010 (nota: "The Human Equation" –La Ecuación Humana- es el nombre de un proyecto musical conceptual, de Ayreon, del holandés Arjen Lucassen, y también es el contenido y sustento de otro material de idéntico autor –"01011001"-. Como son obras que tienen que ver con la búsqueda de la verdad y del sentido de las cosas, tomo prestado su título aquí lúdicamente, para esta saga en la cual quien busca soy yo).

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