PERSONAJE LITERARIO (Ofrezco una tímida unión entre la búsqueda de Kundera y la mía)
En el libro ‘El Arte de la Novela’, Milan Kundera expone que en ese género se presentan personajes que en sustancia vienen a erguirse en ‘yo’ experimentales, de quienes él descifra su ‘código existencial’, esto es, aprehende la esencia de la problemática existencial de cada uno de ellos. También y así, que el personaje se compone de algunas palabras clave.
En el caso de su libro ‘La vida está en otra parte’, ejemplifica, el grado más alto de felicidad que había conocido el joven Jaromil era la cabeza de una chica apoyada en su hombro. No le era indiferente a Jaromil el cuerpo de la mujer, pero una cabeza femenina sobre su hombro significaba más. El personaje se siente inmensamente feliz e incluso físicamente excitado. Para explicarse cómo puede ocurrirle esto a su personaje, el autor busca en su propia inquietud.
Y dice Kundera: “Una cabeza femenina significaba para él más que un cuerpo femenino. Lo cual no quiere decir, aclaro, que el cuerpo le fuera indiferente, pero: No deseaba la desnudez de un cuerpo femenino; ansiaba el rostro de una chica por la desnudez de su cuerpo. No quería poseer un cuerpo femenino; quería el rostro de una muchacha que, como prueba de amor, le diera su cuerpo. Intento ponerle un nombre a esa actitud. Elijo la palabra ‘ternura’. Y examino esa palabra: en efecto, ¿qué es la ternura? Y llego así a las sucesivas respuestas: ‘La ternura nace en el momento en que el hombre es escupido hacia el umbral de la madurez y se da cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía’. Y a continuación: ‘La ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta’. Y otra definición más: ‘la ternura es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño’”.
En ‘La Insoportable levedad del ser’, el personaje de Teresa tiene su código, según el autor, en las palabras siguientes: el cuerpo, el alma, el vértigo, la debilidad, el idilio, el Paraíso.
Quien haya leído al checo, bien sabe que en sus novelas puede llegar a ocurrir casi nada, y que la inquietud del escritor está precisamente en el ‘yo’. Luego de leer varias novelas de él, retomé ‘La Inmortalidad’, pues no solamente explora Kundera el condicionamiento experimental, sino el condicionamiento propio de la pertenencia a la especie humana. Sigo, cada tanto, retomando el comienzo del libro, el saludo de la madura nadadora a su joven profesor y las disquisiciones del autor respecto de las repeticiones, las clasificaciones y las asociaciones. No hay más gestos que personas sino más personas que gestos. Entonces es fuerza que en distintas personas los gestos se repitan. Un gesto, visto una vez, se asociará siempre a esa vez, claramente; quien lo ensaye –maquinalmente-, no sabrá que enviará una señal que será recibida de manera diferente por otras personas según cuál sea la asociación mental. Y por si fuera poco, Kundera se pregunta mucho más allá: qué es eso que hace que yo sea yo y no otro, si ni siquiera las cosas que hago, mis más mínimos gestos, mis más desnudas reacciones, me pertenecen más que yo a mi raza. Al leer esto uno puede sentirse una especie de Frankenstein, forjado en injertos milenarios de una misma especie. Bueno, a no desesperar, ¿qué creen que quiso contar Mary Shelley al escribir Frankenstein?
Tenemos entonces, en estos aspectos de Kundera, los siguientes elementos:
1- La exploración del ‘yo’ experimental, que es el personaje, a través de su código existencial.
2- Los condicionamientos de la especie y de la experiencia.
Ahora hago mi aporte:
Al escribir –sin saberlo- he seguido más o menos la ruta de Kundera, pero sin desgranar tanto. Es decir, busqué entender las inclinaciones y las reacciones de los personajes, y sopesarlas en sus circunstancias actuales y pretéritas.
Pero sumemos ahora otros dos elementos, a instancia mía: los sueños y el motor de la vida.
Los sueños son aquellas fantasías con tendencia de concretización que tiene una persona, que la transportan ya desde el mismo ideal a la satisfacción o al miedo. Por un lado, no son buenos consejeros muchas veces, porque los buenos sueños suelen ser sentidos en tiempo futuro y difícilmente se lleguen a concretar, mientras que el miedo siempre es actual (haré nota aparte al respecto). Aquellos buenos sueños que vemos en presente, cuya concretización podemos disfrutar como si fueran hechos actuales, son los verdaderamente realizables. Pero fuera de esta importante diferenciación, los sueños –los felices, no los del miedo- son en mi criterio el mejor distintivo que tiene toda persona, y bien digo el mejor, y bien digo toda persona.
A ver:
a) En primer lugar son sinceros, son la persona misma expresándose hacia el universo, pidiendo, deseando, y soñar constituye una acción siempre veraz, honesta y humilde.
b) En segundo lugar, son la expresión del que Kundera llama código existencial; tanto el bagaje de las experiencias vividas, como la pertenencia a la especie, como las circunstancias actuales del personaje, lo llevan a tener determinados sueños, casi siempre maquinalmente, sin pensar por qué ese sueño y no otro, sin poder concebir otro. La magia aparece cuando uno descubre que puede soñar con cualquier otra cosa, y allí nace la verdadera libertad (necesariamente tengo que hacer otra nota sobre este aspecto).
c) En tercer lugar, todos los tienen. Ocurren cosas horripilantes en el mundo. Las personas hacemos bien y hacemos mal. Todos hacemos bien y también mal. Y algunos llegan a corromperse a tal punto que sus acciones son despreciables. Pero los sueños siempre son actos de humildad, aún secretos, y no hay quien no los tenga. Si te cruzás con alguien que te falta el respeto, que hace idioteces, que te desprecia, podés decirle con toda tranquilidad: ‘detrás de tu soberbia y de tu arrogancia, están tus sueños, así que te perdono con afecto’. Y si algún día hemos de amigarnos con alguien, será a través de la comprensión de sus anhelos, que es nuestro común denominador, junto con el del punto siguiente, que es el motor de la vida.
d) Además, aportan colorido al mundo, porque cada uno tiene sus sueños, diferentes de los de los demás (como los gestos, no del todo distintos, sino clasificables).
e) Finalmente, en ellos se desnudan nuestra inocencia, nuestro desespero, nuestra calidad de tímidos personajes en una vida que no entendemos y que con los sueños dejamos de intentar entender.
Entremos entonces en el segundo elemento que vengo a sumar: el motor de la vida. ¿Qué es? No son los sueños. Los sueños son fantasías concretas, y pueden cambiar a medida que cambia uno. El motor es casi desconocido para cada persona, y al serlo, casi nadie se da cuenta de que mute. Bueno, es que el motor de la vida es el mismo para todas las personas y no cambia. No nos distingue sino que nos une. Porque no es otra cosa que la constante búsqueda del estado de inocencia, de la alegría inocente de recibir de esta vida, de tomar lo que nos da y de seguir maravillándonos. Como cuando éramos niños, que si nos regalaban un caramelo lo recibíamos con alegría inocente, sin cuestionar por qué nos lo ofrecían, ni a cambio de qué, y nos sorprendía su sabor.
Para el ser humano, todo es volver allí. Porque como sentenciara Kundera respecto de las ventajas de la infancia, el adulto debe buscar la forma de reencontrar su inocencia. Y yo no diría artificialmente, como él refiere respecto de la ternura, sino al contrario, hurgando en aquellos lugares donde en principio el costado izquierdo del cerebro no le sugeriría. Pues ese es el costado que artificiosamente nos ha alejado de la felicidad.
En fin, con estos elementos, estimo que todos podremos escribir un personaje. O quizás simple y felizmente, conocernos mejor a nosotros mismos y tolerar más a los demás, que no es poco.